Deportes de riesgo
Cuéntase que antes de la llegada de las piscinas, casi en los principios de la
edad contemporánea como aquel que dice, los críos y los mozos, ( la
incorporación femenina fue un poco más tardía a estos menesteres) íbanse a tomar
las aguas, bueno a bañarse, al río. Ir al Azud, era más costoso en tiempo que ir
al pozo Caldero; además en el Azud el pozo güeno era el de la Fuente el
Médico y aquél siempre tenía gente; pero lo que no tenía era tanta emoción como
el Caldero. Lo de la emoción lo digo yo así en plan finústico y literario porque
los críos y no tan críos decían, decíamos, chulo. El pozo Caldero era más chulo
que el de El Médico. A lo que iba, que me pierdo en disquisiciones literarias. Y
a lo que iba es que íbamos al Caldero porque era más chulo ya que tenía su dosis
de aventura. El Caldero en realidad estaba dividido en dos zonas: el pozo de
abajo (detrás del número 4 en la foto) y el pozo de arriba (marcado con el
número 3 ). Entre el pozo de abajo y el de arriba había dos estrechos y un
descansillo. Es decir, dos zonas más estrechas entre las rocas en las que además
la fuerza contraria de la corriente los hacía emocionantes en su paso.
Especialmente era emocionante el segundo estrecho. El segundo estrecho es
fácilmente reconocible en la foto se trata de la zona marcada entre los números
uno y dos. El estrecho por definición era la transición entre la niñez y la
pubertad o la juventud y no es sólo una metáfora, porque en realidad, los
nadadores para superar la fuerza del agua, tenían que emplearse a fondo. La
leyenda del pozo Caldero hablaba de grandes corrientes que atravesaban el
estrecho y que atrapaban a los incautos y los ahogaban. Hombre, la verdad es que
corriente había, pero vamos, de ahí a que te llevara para el fondo... Eso sí la
primera vez que pasabas de la niñez a la adolescencia, natatoriamente hablando,
o sea, la primera vez que superabas el estrecho, entrabas a pertenecer al club
de los tíos machos. Perdónenme las mentes progresistas, paritarias y los
fieles de la religión de la igualdad de los sexos, pero así era, vivíamos en
pecado . El caso es que pasar el estrecho tenía su segunda parte, su letra
pequeña, y es que entrabas en la zona cero del pozo Caldero, entrabas en
pleno corazón de la aventura. En lo marcado con el número 3. En esa zona en
donde tan sólo te podías agarrar a algún saliente de las paredes porque su
profundidad no te permitía hacer pie y donde la corriente del agua te despedía
hacia las paredes laterales o hacia el estrecho. Y en donde por fuerza tenías
que llegar hasta la pared de roca para poder descansar. Ah, se me olvidaba...Los
muchachos solíamos saltar entre los puntos uno y dos o viceversa , es decir por
encima del estrecho, para evitarnos la vuelta . Para entrar en el Olimpo de
los Dioses de los tíos más machos, había por último que superar la gran
prueba: tirarse al pozo desde la piedra. Es decir, desde el mismo lugar que está
hecha la foto tenías que saltar y caer aproximadamente en el centro, o sea más o
menos por donde está el número “3”, procurando, eso sí, no chocar contra ninguna
cabeza humana de las que por allí habían y entrando con las manos por delante en
el agua porque aunque hubiera profundidad, tampoco era cuestión de agujerear el
suelo con la cabeza. Mi abuela María Dolores tenía razón “ Ay chiquillo, no
vayas al río no sea cosa que se te corte la digestión”.
Tuéjar 26 de noviembre de 2004
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