Pegasa
En la especie humana, mejor dicho, en su evolución, está demostrado que hay diferentes estadios. La mayoría de la especie se encuentra en uno totalmente avanzado: Homo móvilis u Homo informáticus, que se admiten los dos nombres. Por bajo de ellos en la escala de la evolución está el homo selváticus del que quedan pocas parejas ya en recónditos rincones de países del Tercer Mundo. Y hay un tercer estadio de la evolución: el homínido - vamos que parece hombre, pero no es - el homínido cretinus. A diferencia del selváticus, se parece exteriormente al informáticus; pero tiene unas características que lo delatan: su coeficiente intelectual es cero patatero, sólo imitan signos externos del homo móvilis, son extremadamente crueles y siempre atacan en pequeñas manadas. Aprovechan para su supervivencia el principio que rige al homo informáticus de que toda especie viva tiene derecho a conservar la misma, es decir la vida; aunque su sitio en la sociedad es la cárcel o el psiquiátrico para siempre. Ah, se me olvidaba...son tan crueles como bastardos.
Había saltado del remolque del tractor de su amo cuando venían del campo. Al caer al suelo vio que venía uno de esos trastos que van muy rápido y que los humanos llaman coches. No tuvo tiempo para nada, de un salto se apartó hacia donde pudo y se vio rodeada de hierba. Matojos y matojos más altos que ella. Cuando pudo ver un poco más allá de los hierbajos, notó con pena que había desaparecido el tractor y sus amos. Se hacía preciso buscar de nuevo el rastro por el olor; pero el andar entre las hierbas tanto tiempo la había confundido y se sentó a esperar. Seguramente sus amos la buscarían a ella.
¡ Sí! ¡Ahí estaban! Se oían voces a lo lejos y Pegasa ladró contenta para orientarles en su búsqueda. Cuando las voces se hicieron olor, Pegasa advirtió que no eran sus dueños. Desilusión. Para ese momento, las voces se habían convertido en piernas que la rodeaban. Pegasa pensó que esos humanos conocerían sin duda a sus dueños y la llevarían con ellos. Quiso demostrarles su alegría y jugueteaba con sus nuevos amigos. Alguien le puso una cuerda en el arnés de su cadena. Sin duda era para llevarla a casa; pero ...si ella no se iba a separar de estos amigos. ¡ Ya! ¡ Ya reconocía ciertos olores...! ¡Estaba cerca del pueblo! ¿ Por qué no seguían la carretera de las luces? Ella recordaba que cuando iba con Carlos, su dueño, iban por el camino de las luces. Notaba que la separaban del rastro bueno y quiso estirar para indicarles que se estaban equivocando; pero lo único que consiguió fue una gran patada en la cabeza de uno de ellos. ¡ Bonita manera de tratarla! Le había hecho daño; pero tenía la esperanza de que esos mismos la llevaban hacia casa así que tenía que poner buena cara aunque le doliera . No sólo no la llevaban a casa, sino que la ataban a un tronco de un árbol y ..además...¡ se iban! ¿ Por qué la dejaban allí?
Intentó muchas veces romper a estirones la cuerda aquella pero ...todo inútil. Se hizo de noche y lo único que se veía era una gran pared blanca que había al lado del árbol. Sus amos estarían sin duda buscándola. Aquellos humanos que la habían cogido la dejaban allí porque era donde se dejaba a los perros para que los recogieran sus dueños, pensó, Pegasa. Pasó mucho tiempo; pero Pegasa no se equivocaba. Venían hombres con luces, allí estaban todos lo de casa. Pegasa, ladró y las luces se fijaron en ella, tanto que ahora ella no veía nada. La desataban del árbol; pero no era el olor de sus amos; volvían a ser lo de antes, los de la patada en la cabeza. Pegasa no quería ir con ellos a ningún sitio sólo quería que la dejaran allí para que sus amos la encontraran así que se propuso no dar ni un solo paso; pero daba igual la arrastraban y la metían...en una casa. ¡ Qué casa más rara...no tenía tejado y se veían las estrellas! ¿ Dónde estaban? Ella daría su comida por volver a su casa, a la de sus dueños. No quería estar en esa casa sin tejado. Aquellos humanos la habían vuelto a atar a una piedra con forma de cruz y ella no se podía escapar por mucho que lo intentaba. Tenía miedo porque además ..le tiraban piedras desde lejos y le hacían daño cuando le acertaban. ¿ Por qué le tiraban piedras? ¿ Se habían enfadado? ¡Pero si ella no les había hecho nada! Menos mal.. ya me dejan de lastimar con las piedras. Me duele el lomo y la pata .¡Me han dado bien! En cuanto se vayan, rompo la cuerda con los dientes y me escondo no sea que vuelvan. Me hacen daño. Parece que no me tiran más . Voy a escaparme, pensaba ingenuamente Pegasa. Y en éstas estaba cuando de repente la cogieron unos brazos en vilo y la levantaron del suelo. Se han cansado de hacerme mal, y me dejaran ir. ¿ Ves? Los humanos no son tan malos, éste se ha apiadado de mí y no me deja ya en el suelo para que los otros no me hagan más daño con las piedras. Le lameré para que se dé cuenta de que le quiero. Eso lo hacía mi madre conmigo y lo hace mi padre cuando está mucho tiempo sin verme. Mira qué curioso: toda esta casa está llena de casitas pequeñas. La mayoría tienen puerta pero también hay algunas que no tienen. ¡Ya está! ¡Son casitas para nosotros, para los perros! No. Están muy altas del suelo la mayoría. Además aquí a lo que huele es a humanos muertos. Huele a muerte. Es un olor que nos hace aullar. Mi padre me lo explicó. ¿ Por que se empeña éste en meterme en esa casa sin puerta? ¡¡¡No quiero!!! Está oscuro y yo donde quiero ir es con los míos. Me hacen mal con sus puñetazos ¿ Por qué me meten en este sitio? Yo me salgo.¡ Qué dolor! Me han dado con un palo en la cabeza. Noto mucho dolor y ahora sí que no me atrevo a asomarme más hasta que no se vayan. Me duele mucho. Si estuviera mi padre, Pegaso, seguro que no me harían esto y si los viera Carlos, menos aún. Intentan taparme la salida con palos. Si al menos me explicaran por qué me hacen esto. Se habrán confundido con otro animal. Yo, bueno, nosotros los perros, convivimos con los humanos desde hace mucho tiempo me dijo mi padre aunque hay algunos que no nos dicen nada ni nos acarician, pero tampoco nos pegan ni nos tiran piedras. Debe ser que se han confundido. ¡Acercan papeles con fuego a los palos de la puerta! Los palos dan mucho calor . ¡Se han prendido! ¿Por qué ponen más palos? Intentaré salir por el otro lado de la casa. Mis uñas escarban pero no consiguen hacer un agujero y el calor me quema. Noto que me escuece toda la piel. ¡Qué daño! No puedo aguantar y no puedo apenas respirar. Estoy mareada, Mis amos...me gustaría que viniesen. Noto mucho dolor en el lado izquierdo. Me lamo; pero está tan caliente ,que me quemo también la lengua con mi propia piel. No veo nada ni oigo nada. ¿Me habré dormido? ¿ Me habré muerto? No; porque noto el dolor y un escozor muy grande; pero no puedo apenas mover mis patas ya. El humo va desapareciendo. Veo luz. Vuelve a ser de día. No me puedo mover así que esperaré aquí a morir; pero me hubiera gustado tanto tener la caricia de mis amos...Una cara se asoma a la entrada .Habla; pero no entiendo lo que dice. Tampoco reconozco su olor. Menos mal, no me maltrata. No me hace nada. Ha quitado los palos quemados de la puerta y me ha visto. Estoy tan mareada que no tengo fuerzas ni para girarme, tal vez respiraría más si girara la cabeza; pero no me atrevo. Se ha vuelto a ir la cara del visitante y otra vez silencio. Ahora a esperar a que vuelva para ...¿ me matará de un palo? Me noto tan aturdida que es como si oliera a mi amo; Pero si él estuviera aquí no me harían esto. ¡Sí! ¡Es ...es mi amo! No tengo ni fuerzas para ladrar, pero lo intentaré.
Carlos, el dueño de Pegasa, acompañado de Paco, el que cuida el cementerio y algunos más acudió al camposanto de Tuéjar y una vez allí recuperó a su perra con todo el cuidado del mundo del nicho en el que se encontraba . La sacó de aquel horno de la salvajada que habían ideado aquellos criminales con cuidado de no ocasionarle más heridas de las que llevaba ya el animal. En su intento de ladrar para saludar a su amo, Pegasa vomitó una masa de bilis y ceniza. Los ojos de Carlos y Pegasa se quedaron mucho rato fijos. En ese tiempo Carlos intentó consolar a Pegasa diciéndole que se iba a poner bien y que jamás le volvería a suceder nada como eso. Pegasa sólo le miraba dándole las gracias por la caricia que le estaba dando. Ya no le dolía nada; solo notaba la mano de su amo en su cabeza y en el cuello; en el resto del cuerpo no lo sentía; pero daba igual. Si moría allí, con su dueño, no tenía miedo.
Afortunadamente Pegasa se ha recuperado. Le quedan todavía las secuelas. Entre Chimo, el veterinario, y los cuidados de su familia humana y animal; Pegasa ha acudido a la bendición de San Antón. Se ha dejado acariciar por personas que ni conocía. Seguramente el olor de los salvajes no estuviera lejano; pero a ella, se le ha olvidado el olor y el rencor. El olor de los bastardos cobardes que maltratan a los más débiles es como ellos mismos: nada.
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