Viaje alucinante

 Pero no es la mítica película que protagonizó Raquel Welch, si no la aventura que suponía a finales de los años 50 subir de Valencia a Tuéjar en las condiciones de la época.

 Todo empezaba el día anterior, cuando la madre comenzaba a preparar la maleta con la ropa para el mes de “veraneo”, a estibar lo mejor posible en alguna cesta o caja vieja de fruta (aquellos venerables “basquets”) algunos paquetes de azúcar, arroz y café (o sucedáneo), puede que una pastilla de chocolate, alguna pieza de bacalao seco y tal vez uno o dos melones, lo más gordos posible, cuyas pepitas se guardarían para sembrarlas la temporada siguiente y que, como siempre, salieran cohombros que negarían la estirpe paterna.

 Nunca agradeceremos bastante la gente de mi generación a nuestras abnegadas madres los sacrificios que hacían por procurarnos unos días de estancia en el pueblo. Como mi padre, por lo general, estaba trabajando en la obra, mi madre cargaba con toda la impedimenta y el niño colgado también, colaborando más bien poco. De todos los viajes que hicimos por entonces, solo recuerdo que una vez cogiéramos un taxi junto a las Torres de Quart, donde vivíamos, uno de esos tipo inglés, que yo veía gigantescos. Normalmente íbamos andando o en tranvía.

¡Ah, se me olvidaba!  Como el viaje duraba varias horas, la previsora mujer llevaba también el saquico de la merienda con algún entrepán, y hasta un plátano y una botella de gaseosa con agua.

Bueno, pues a eso de las 9 o las 10 salíamos de casa y llegábamos a la estación del Puente de Madera, donde cogíamos el “trenet” de Liria. Para quien solo conozca el metro y el tranvía, les diré que los asientos eran de tiras de madera, que la mayoría de las ventanillas no se podían abrir, que el tren daba saltos por la vía, tirones y frenadas bruscas, y que llegar a Liria, si no se incendiaba el motor, era cosa de un par de horas, en vagones abarrotados.

Todos los trastos que se habían subido había ahora que bajarlos, con el niño ya burreando, y dirigirse a la parada de “La Chelvana”, no por próxima de acceso sencillo. Allí esperar a que fueran llegando los autobuses, y según venían, como no habían horarios fijos ni tampoco rutas, pues se llenaban según el número de viajeros para cada destino, de modo que todo era un ir y venir hasta que se conseguía subir a uno de los coches, sin tener por eso asegurado el asiento, pues se llenaba mientras cabían pasajeros, ya fueran sentados o de pie o tirados por el suelo.

 ¡Ya salimos, ya salimos!  A todo esto ya eran probablemente más de las tres de la tarde, y con toda la solana dejábamos atrás Liria y enfilábamos al recta de Casinos, con todo el vehículo calentuzco, ruidoso y oliendo a gasoil, que por cierto me gustaba y que tal vez marcara mi destino laboral.

 Por allí deambulaba el hombre de las rifas, vendiendo unas cartas de baraja diminutas que hacían las veces de boletos, y el premio solía ser un torito del tamaño del puño o algo similar, que a los pequeños nos parecía una maravilla y por el que pedíamos a nuestros padres que compraran para la rifa, con escaso éxito, al menos en mi caso.

 La llegada a Casinos era todo un acontecimiento. Allí subían las mozas de las peladillas con sus blanquísimos delantales y sus trenzas, y si la cosa económica lo permitía, nos compraban un paquete (de los pequeños), y nos debatíamos entre engullir las dulces perlas o reservarlo para dar envidia a los amigos al llegar. Claro, que si llegábamos con peladillas tendríamos que repartir, así que al buche, que lo que va delante, va delante. Mi madre, previsora, ya había comprado y escondido otros paquetillos para los compromisos.

 No era extraño que el coche llegara con el agua del radiador hirviendo, lo que suponía para los pequeños otro espectáculo, abrir aquel enorme tapón y ver salir a borbotones aquel líquido rojizo, sin embargo, los padres, adivinando un retraso seguro y posiblemente un viaje problemático, no estaban tan contentos.

 Con el sol bastante bajo ya reanudábamos la marcha, nosotros, los pequeños, bastante cansados, pero despiertos por la sucesión de novedades, los mayores realmente reventados. A partir de aquí escuchaba los comentarios de los viajeros más experimentados: ahora vamos a llegar a las curvas de la Salá, ahora Santa Quiteria, la prensa de los fideos, etc., que nos tenían en tensión como si aquella fuera la última curva de nuestra vida por la peligrosidad extrema con que las calificaban.

 A bocanoche llegábamos a Tuéjar, allí paraba La Chelvana delante de la casa de Don Ramón, y allí estaba el “comité de recepción” que siempre he conocido, por entonces muy numeroso, pues todos (y digo todos, no todos y todas) querían enterarse de quién llegaba y quién salía en La Chelvana, sin tener el más mínimo recato de preguntar con todo lujo de detalles. Pues hala, ya estamos aquí, engancha todos los bultos y al crío medio dormido y tira cuesta arriba a casa de la abuela Leandra, en la calle del Calvario, pasado el Portillo, con las escasas luces de las esquinas encendidas hace rato.

 Llegaba tan derrotado que me venía justo tomarme un tazón de leche recién ordeñada de las cabras y me quedaba dormido hasta el día siguiente, mientras supongo que mi madre y mi abuela tendrían que deshacer las maletas y ocuparse de la intendencia.

 A la mañana era el encuentro con los chiquillos, pero eso ya es otra historia.

Tonet, El Tejero

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